Te alejás.
Te miro caminar manos-en-los-bolsillos desde la ventana.
Salís en busca de todas las estrellas cuando tu corazón se volvió negro como la noche.
Habíamos permitido mucho más que todo.
Y eso costaba, por lo menos, las ganas de seguir siendo.
Ya no querías consolarte con sostenerme la mirada, acariciar el viento que había quedado pegado a mi piel o respirar por la noche el aliento de mi boca.
Me habías culpado de todo. Y, si me quedaba un poco más para escucharte, podrías haberme culpado de vos también.
(Quizás es eso lo que murmurás mientras te alejás.)
Por eso te dejé ir...
Y me quedé haciendo hablar a todas las canciones de tu memoria.
Me quedé hipnotizando por tu ropa, palpando tu escritura y resoplando tus entregas.
-No tiene sentido que me disculpe.- dije mirando al frente, imitándote.
-Todo esto no tiene sentido... - (¿Le hablabas al mar? ¿A mi? ¿A vos?)
-Y sin embargo acá estamos... Se ve que no necesitamos del sentido para estar(nos).- Quise concluir.
Volvimos separados, pero juntos. Hacía frío.
Cuando las luces de los autos y camiones iluminaban nuestro auto a veces te encontraba mirándome... y después nuevamente la oscuridad.
* * *
No sé como...
Pero habías encontrado las teclas justas para traducir tus sentimientos.
Habías rasgado las cuerdas en el lugar correcto donde tus palabras expresaban tu armonía.
Pero juntos... Juntos no nos habíamos aventurado a abandonar esa ventana. (La del apagón costero)
No nos habíamos animado a dirigirnos a las estrellas o entregarnos a la cama.
Y habíamos permanecido así, congelados como una pose en un balcón o una mirada que atrapaba sentimientos.
* * *
Y extrañamos el mar. Yo lo extrañé, al menos.
Y volví a su encuentro, más solo que acompañado.
Entendí...
Que las olas llevaban y traían siempre lo mismo. Siempre.
Pero lo hacían cada vez con una intensidad y un color diferente. Cada vez.
A veces nos encontraba dentro y trayendo lo que habíamos ido a buscar.
A veces lo contemplábamos desde fuera y llevándose lo que nadie pedía.
Así funcionaban los encuentros y las despedidas.
Así funcionaba nosotros.
Besos peligrosos. Deseos picados. Veces con poca profundidad. Mareas impredecibles. Momentos demasiado salados. Orillas erosionadas. Puertos perdidos. Aguas claras. Llamados de viento. Rugidos rompiendo...
* * *
Nos re-encontramos. Con nosotros, con el otro, con el uno en el otro, con el otro dentro de uno.
Y éramos distintos.
* * *
Pactar era reconocer que no había tregua. Y aún así, el pacto tenía la forma de nuestros cuerpos enredados atándose por muchos lados para no perderse en lo largo de la noche.
Después de todo era mejor despertarse antes que el otro para tratar de adivinar con quién amanecíamos que cabalgar solos en el viento sin asidero.
Algo es algo siempre. Y asomarse al quizás-nunca-más después de una tregua equivalía a tener que elegir la muerte menos dolorosa.
* * *
Dejé de escribir. Me acerqué a tu silla sin interrumpir tu nueva canción y me quedé mirando tus dedos caminando el teclado. No quise pedirte ayuda con lo mío. Y vos pensabas igual respecto a lo que estabas creando.
Y como seguías sentado me diste un beso en la panza justo en una pausa...
Y yo volví a lo mío.
sábado, 14 de diciembre de 2013
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
2 comentarios:
Error de tipeo ?
Qué genial. Qué horror.
Publicar un comentario