Habíamos logrado dejar atrás
la tormenta pero no huir de ella.
Todavía estaba...
Todavía estaban los
fogonazos de luces y la ráfaga de sonidos y movimientos. Todo congelado.
Como se congelaba el
alrededor cuando se amarraban nuestras miradas.
(No viajábamos en el otro;
todo el resto viajaba: se desplazaba, se corría y nos quedaba el escenario
cuando nos quedaba nosotros.)
Y ahí elegías (siempre
elegías antes de hacer)...
... tu humor platónico para
mis ideas nietzscheanas.
... las risas para mis
búsquedas.
... los ejemplos para mis
comportamientos.
¿Cuatro lugares diferentes?
Cien conversaciones idénticas.
¿Las similitudes de las
diferencias?
Los opuestos que se
convencían y acordaban encontrarse en los limites del otro. En los limites del
borde (de cualquiera de las camas).
A los pies podían derramarse
todos los errores y aún así escudarnos del frío de tus verdades.
Vos y yo siendo tres. Y
extrañando lo que nunca vivimos.
Voy y yo siendo la tormenta.
O la huida. ¡No! Siendo una eterna despedida. ¡Eso! Siendo una intensidad.
Siendo más historias que lugares y más chocolates que alarmas. Como algunas
palabras que odias y otras que recomendás.
Seguro nunca intentaste
guionar una poesía. (Yo tampoco.)
-¿Te estoy haciendo mal?- le
dice al oído para interrumpir su llanto.
-Todavía no.- Responde con
la voz entrecortada.
-Sea lo que sea vamos a
perder o ganar los dos. (Buscando su mirada.) No vas a estar solo.-
-No era esa la compañía que
pedí.- Dándole la espalda con el cuerpo entero.
1 comentario:
aplausos, con los ojos
irónicos, para que nadie escuche
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